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Alimentación y depresión

Cada día aparecen nuevas evidencias científicas sobre la influencia de la alimentación en la salud. Sin embargo, se habla poco del efecto que puede tener la alimentación en la prevención de enfermedades mentales. La Organización Mundial de la Salud estima que en el año 2020 la segunda causa de muerte a nivel mundial será la depresión mayor. Es por este motivo que en este nuevo artículo queremos explicaros la relación que existe entre alimentación y depresión.

Todos los órganos y células de nuestro organismo necesitan nutrientes para poder funcionar de manera óptima. El cerebro es un órgano más de nuestro cuerpo y, por tanto, su funcionamiento está estrechamente relacionado con los nutrientes que nos aportan los alimentos que ingerimos diariamente. Nutrientes como el triptófano, minerales y oligoelementos como el hierro, el yodo, el magnesio, el cobre y el zinc, la vitamina C, la vitamina B-12 y el ácido fólico y los ácidos grasos poliinsaturados omega-3, entre otros, tienen un papel fundamental en el buen funcionamiento cerebral y en la prevención de enfermedades mentales como la depresión.

Si bien todavía disponemos de pocos estudios experimentales que investiguen la relación entre los nutrientes y la depresión, en los últimos diez años está emergiendo este nuevo campo de estudio y ya disponemos de conocimiento científico que nos permite dar indicaciones al respecto. Actualmente, el interés de los investigadores se centra en el análisis de patrones completos de alimentación más que en el estudio del efecto de los nutrientes por separado. En este sentido, diversos estudios señalan que el patrón dietético mediterráneo está relacionado directamente con la disminución del riesgo de padecer una depresión. Las propiedades antiinflamatorias y antioxidantes de este patrón alimentario podrían explicar su efecto preventivo. Los pigmentos naturales que dan color a las verduras y frutas, los antioxidantes y ácidos grasos esenciales presentes en el aceite de oliva y el pescado azul, la vitamina B-12 que se encuentra en los cereales complejos, el zinc presente en las legumbres, los frutos secos y las carnes como el cerdo o el cordero, el yodo presente en el marisco y el selenio y ácido fólico que contienen las verduras, son poderosos agentes naturales antiinflamatorios que disminuyen el riesgo o la vulnerabilidad a padecer depresión.

Asimismo, el consumo de alimentos refinados, procesados y manufacturados ricos en grasas y carbohidratos poco saludables favorecen los procesos inflamatorios que, a su vez, incrementan el riesgo de padecer estados de ánimo negativos. Concretamente, los aceites vegetales ricos en grasas poliinsaturadas del tipo omega 6 (por ejemplo, el aceite de soja o de girasol), la margarina y otras grasas trans y parcialmente hidrogenadas, así como las grasas presentes en la carne de vacuno y pollo criados con dietas ricas en grasas poco naturales y cereales refinados de rápida absorción, aumentan la producción de sustancias proinflamatorias que alteran nuestro estado de ánimo.

Aunque son necesarias más investigaciones, disponemos de datos suficientes para poder afirmar que personas con sintomatología depresiva pueden obtener mejoras significativas con tratamientos dirigidos a modificar hábitos alimentarios que incrementen la adherencia a la Dieta Mediterránea. Esta intervención resulta particularmente beneficiosa en personas que presentan obesidad y depresión. Otros estudios en este campo también indican que además de las recomendaciones alimentarias, realizar cambios en otros componentes del estilo de vida, como por ejemplo, incrementar la actividad física o reducir el sedentarismo, reducir el número de horas frente a las pantallas, mejorar la calidad del sueño, incrementar la exposición al sol o reducir las fuentes de estrés, pueden incrementar la eficacia de las recomendaciones nutricionales en la reducción de la sintomatología depresiva. (Gemma).

Sobre Gemma López-Guimerà

Gemma López-Guimerà
Doctorada en Psicologia y Máster en Dietética y Nutrición Humana por la Universidad Autonóma de Barcelona. Profesora en el Departamento de Psicología Clínica y de la Salud de la UAB desde el año 2006. Colegiada en el colegio profesional de Psicólogos de Cataluña (COPC; Col·legiada nº 12546).

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