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bebidas refrescantes

¿Bebidas refrescantes, zumos o bebidas saborizadas?

Dado que se trata de un elemento imprescindible para la vida, el agua está considerada un nutriente. Un nutriente que supone el 80% de nuestro peso corporal al nacer, y que va disminuyendo hasta llegar alrededor del 60% al entrar en la vejez.
El agua realiza funciones vitales en nuestro organismo, como el transporte y excreción de sustancias de residuo, interviene en procesos de digestión, absorción y metabolismo, y es parte implicada en la regulación de la temperatura corporal; función acentuada en la época de verano en la que nos encontramos, dado que con el sudor conseguimos eliminar el exceso de temperatura. Esta agua perdida, no obstante, hay recuperarla para mantener estable la cantidad de agua de nuestro cuerpo, y así poder seguir regulando la temperatura corporal de forma óptima.

La sed está regulada por diferentes factores que se ponen en funcionamiento, bien cuando disminuye el volumen de agua corporal o bien cuando aumenta la concentración del agua corporal, y que están relacionados directamente con la hormona antidiurética, que es la que asegura el equilibrio entre la ingestión de agua y su eliminación. Y aunque la sed es un mecanismo de defensa del cuerpo para evitar la deshidratación avisándonos que tenemos que beber agua, lo cierto es que no deberíamos esperar a sentirla para tomar.

Dada la creciente concienciación de la importancia de beber agua, junto con la creciente preocupación por el consumo excesivo de bebidas refrescantes para calmar la sed, las industrias alimentarias se han esforzado en sacar al mercado alternativas a estas bebidas refrescantes como son las aguas con sabores , por ejemplo de manzana, melocotón o limón, entre otros. Es decir, la alternativa más “saludable” en las bebidas refrescantes y zumos envasados. Pero, ¿realmente nos ayudan a desplazar a un segundo término las bebidas refrescantes y zumos?

Utilizar de forma habitual las bebidas refrescantes o zumos envasados para calmar la sed, ya sea en las comidas o entre horas, contribuyen al sobrepeso, la obesidad y las enfermedades que de ella se deriven, debido al exceso de azúcares (glúcidos de absorción rápida) que contienen. Aparentemente este problema queda solucionado con la aparición de las aguas con sabores y endulzadas con edulcorantes artificiales, y que por tanto, ni aportan Kilocalorías ni hacen subir los niveles de glucosa en sangre.

Estas aguas, a las que se han añadido acidulantes, edulcorantes, aromatizantes, saborizantes, conservantes y en algunos casos también extractos (en mínimas cantidades, hay que decir) de plantas como té, rooibos o ginseng, no son la mejor herramienta de educación del paladar. No olvidemos que, si bien cada uno de nosotros presenta preferencias por determinados sabores, el paladar y los diferentes grados de tolerancia a los diferentes sabores (ácido, dulce, salado, amargo, etc.) forman parte de un proceso de aprendizaje que, como no podía ser de otra manera, comienza con el inicio de la alimentación cuando nacemos.

El uso habitual de aguas saborizadas contribuye a acostumbrar al paladar a calmar la sed a base de bebidas de sabor dulce, y a generar rechazo hacia el agua como bebida, debido a su “falta” de sabor.

Sobre Rosa Maria Espinosa

Rosa Maria Espinosa
Diplomada en Nutrición Humana y Dietética por la Universidad de Vic; Licenciada en Ciencia y Tecnología de los alimentos por la Universidad de Vic; Postgrado en Nutrición Humana y Dietética Materno infantil por la Escuela Universitaria de Infermería de Sant Joan de Déu y Máster en Comunicación y Gastronomía por la Universidad de Vic. Soy miembro colegiada en el colegio profesional de Dietistas y Nutricionistas de Cataluña (CODINUCAT) y miembro de la Asociación Española de Dietistas y Nutricionistas (CAT000273).

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